Moisés Naím: El colesterol y la desigualdad
por Moisés Naim el 23/01/2012 a las 02:34 horas
Mientras
que en los países con regímenes autoritarios los Gobiernos hacen lo
posible por ocultar la desigualdad económica, en África o en
Latinoamérica, en cambio, la desigualdad es muy visible, constantemente
denunciada por los políticos y estoicamente soportada por el pueblo.
El
principal tema político del 2012 será la desigualdad económica. Este
pronóstico es aún más relevante cuando se toma en cuenta que este año
habrá elecciones y cambios de liderazgo en países que concentran el 50%
de la economía mundial. En todos ellos, las protestas contra la
desigualdad y las promesas de reducirla agudizarán un ya muy encendido
debate global.
La desigualdad no es algo nuevo. Lo nuevo es la
recién adquirida intolerancia hacia ella. Esta intolerancia está
apareciendo con fuerza en los países más ricos y más golpeados por la
crisis y de allí se ha ido esparciendo por el mundo. Las grandes masas
-abrumadas por el desempleo, la austeridad y los sacrificios- se han
comenzado a interesar en cómo se distribuyen los ingresos y la riqueza
en su país. Durante mucho tiempo, el mundo había vivido en pacífica
coexistencia con la desigualdad, aunque estos periodos de pasividad
siempre son interrumpidos por revoluciones en nombre de la igualdad.
Mientras
que en los países con regímenes autoritarios los Gobiernos hacen lo
posible por ocultar la desigualdad económica, en África o en
Latinoamérica, en cambio, la desigualdad es muy visible, constantemente
denunciada por los políticos y estoicamente soportada por el pueblo. En
otros países es celebrada. En Estados Unidos, por ejemplo, los artistas,
deportistas o inventores cuyo éxito se traduce en una inconmensurable
riqueza son admirados y vistos como modelos a emular.
Esto está
cambiando. En todas partes, la idea de que la lucha contra la
desigualdad es fútil o innecesaria se ha hecho indefendible. Se acepta
que la desigual distribución de la riqueza, o de los ingresos,
seguramente será difícil de alterar, pero ya no es tan fácil como antes
ignorar el tema o defender la idea de que no hay que hacer nada al
respecto.
El escrutinio de la vida y de las acciones del "uno por
ciento" más rico se ha vuelto obsesivo. Titulares como este de Los
Angeles Times -"Los seis herederos de Walmart son más ricos que la suma
del 30% de los estadounidenses con menos ingresos"- son un buen ejemplo
de esta tendencia. También lo es que los más feroces exponentes de la
derecha radical de EE UU ataquen a Mitt Romney por ser rico y pagar
pocos impuestos. O que en Rusia, una de las principales quejas contra
Vladímir Putin sea el bochornoso espectáculo que ofrecen los oligarcas
que engordan sus inimaginables fortunas en el Kremlin mientras la
mayoría de los rusos sufre penalidades.
No todos, claro está,
están en la onda de criticar a los más ricos. Jamie Dimon, el presidente
de JP Morgan Chase, declaró exasperado: "No entiendo ni acepto esto de
criticar el éxito o actuar como si todos cuantos tienen éxito sean
malos. Simplemente no lo entiendo". La perplejidad de Dimon se basa en
la suposición de que la riqueza es la manera en que la sociedad estimula
y recompensa la innovación, el talento y el esfuerzo. Quienes son ricos
se lo merecen.
Pero no siempre. Las grandes riquezas y la
desigualdad también pueden provenir de la corrupción, la discriminación,
los monopolios, el comportamiento empresarial abusivo o de crasos actos
delictivos como los del estafador Bernard Madoff. En la lista de los
más ricos del mundo hay muchos multimillonarios que deben su fortuna más
al Estado que al mercado.
Por eso, los estudiosos de la
desigualdad suelen compararla con el colesterol: hay desigualdad buena y
mala, y el truco está en impulsar la buena mientras la mala se contiene
al nivel más bajo posible.
Y ese es precisamente el principal
riesgo de estos tiempos: cómo reducir la desigualdad sin desestimular
otros objetivos (inversión, innovación, toma de riesgos, esfuerzos,
productividad...). Sabemos que lograr una sociedad más igualitaria ha
sido el objetivo de innumerables experimentos que han provocado más
desigualdad, pobreza, atraso, pérdida de libertades y hasta genocidios.
Por
otro lado, la desigualdad también tiene efectos tóxicos. Además de las
consideraciones morales obvias, también hay muchas evidencias de que una
alta desigualdad económica es mala para la salud de una nación:
conlleva una mayor inestabilidad política, más violencia y también
perjudica la competitividad y, a largo plazo, el crecimiento.
Este
año veremos innumerables propuestas para corregir las inequidades
económicas que se han agudizado en las últimas décadas. Algunas serán
viejas -y probablemente malas- ideas desempolvadas y presentadas como
nuevas. Pero seguramente también aparecerán algunas nuevas y muy buenas.
El reto para los votantes -y para quienes puedan incidir sobre cuáles
se adoptan y cuáles se rechazan- será aprender de la historia. Como
sabemos, no repetir los errores del pasado suele ser más difícil de lo
que parece.