Moisés Naím: Muchas elecciones, malas decisiones
por Moisés Naim el 26/02/2012 a las 11:36 horas
En las democracias las elecciones son normales y, naturalmente,
deseables. Pero no son gratis. Y no me refiero a lo que se gasta en las
cada vez más costosas campañas electorales. Me refiero a que la calidad
de las decisiones que toman los gobiernos sufre.
¿Qué tienen en común Nicolás Sarkozy, Mahmud Ahmadineyad y Vladímir
Putin? Que próximamente afrontarán difíciles contiendas electorales. Lo
mismo vale para Barack Obama y Hugo Chávez. Y muchos otros presidentes.
Este año habrá elecciones presidenciales o cambios de jefe de Gobierno
en países que, en su conjunto, representan más de la mitad de la
economía mundial. Pero no es solo eso. Más relevante aún es que los
muchos líderes que en los próximos meses deben buscar el voto popular
tienen la responsabilidad de tomar decisiones que, para bien o para mal,
influyen directamente sobre las múltiples, graves y simultaneas crisis
que sacuden el planeta. Y con frecuencia, la política local está en
tensión con las realidades globales.
En Grecia, país donde la crisis económica -y sus acreedores- están
obligando a tomar decisiones que cambian la naturaleza misma del Estado y
alteran las relaciones de poder, hay elecciones en abril. Como hemos
visto, lo que sucede en Grecia afecta al resto de Europa y hasta a la
economía mundial. En Irán se votará antes que en Grecia. En los
importantes comicios parlamentarios del 2 de marzo, el presidente
Ahmadineyad verá su poder drásticamente reducido. No se alegre: el líder
supremo, el inefable ayatolá Ali Jamenei, es quien saldrá fortalecido.
Comparado con él, Ahmadineyad es un preclaro y tolerante líder
democrático. En todo caso, al mismo tiempo que han estado en activa
campaña electoral, estos personajes son quienes están tomando decisiones
sobre la economía de su país, severamente dañada por el embargo
internacional, sobre su incondicional apoyo a Siria, y sobre cómo
reaccionar -o anticipar- la posibilidad de que Israel, Estados Unidos o
ambos bombardeen sus instalaciones nucleares. Todo esto ya le ha
afectado a usted directamente: el precio del petróleo ha subido a
niveles sin precedentes.
Dos días después de las elecciones en Irán, Rusia irá a las urnas
para escoger a su próximo presidente. Gracias al sistema de "democracia
controlada" que ha impuesto en su país, Vladímir Putin tiene la elección
asegurada. Pero su triunfalismo se ha visto opacado por las más
multitudinarias protestas contra el gobierno que se han registrado en
Rusia desde hace tiempo. Y, al igual que su colega iraní, el líder ruso
se ha visto obligado a combinar cálculos electorales con decisiones
internacionales. Putin necesita promover su aura de invencibilidad e
impedir que las protestas contra él sigan escalando, a la vez que toma
delicadas decisiones sobre Siria, Irán, Afganistán y otras emergencias
globales.
Y lo mismo sucede con Nicolas Sarkozy, quien el 22 de abril debe
enfrentar el fuerte reto electoral que le plantea el candidato
socialista, François Hollande. Y con Barack Obama, quien de ahora hasta
las elecciones de noviembre debe combinar el manejo de graves crisis
internacionales con la defensa de su gestión ante los ataques de su
rival republicano, que casi seguramente será Mitt Romney. En China, el
presidente Hu Jintao pasa sus últimos meses en el poder antes de
entregarle el mando a Xi Ping. Si bien esta transición ocurre de manera
ordenada y sin mayores conflictos, el cambio del más alto nivel de
gobierno en un país de cuya salud económica y política depende la
estabilidad mundial añade aún más complejidad a un año ya muy complejo.
Pero los cambios no solo se van a dar en las superpotencias. También
habrá elecciones presidenciales en Egipto (mayo o junio), México (1 de
julio) y Venezuela (7 de octubre). Los resultados tendrán consecuencias
no solo dentro de esos países. En el caso de Egipto, impactarán en
Oriente Próximo y la evolución misma de la Primavera Árabe. En el de
México, influirán en la expansión de las narcoguerras. Y en el de
Venezuela, en la ascendencia de Hugo Chávez sobre sus vecinos más
pobres.
En las democracias las elecciones son normales y, naturalmente,
deseables. Pero no son gratis. Y no me refiero a lo que se gasta en las
cada vez más costosas campañas electorales. Me refiero a que la calidad
de las decisiones que toman los gobiernos sufre. Los cálculos
electorales hacen que los dirigentes paralicen o pospongan decisiones
necesarias o tomen decisiones indeseables. Durante los períodos
electorales, el largo plazo importa menos. La prioridad es seducir a los
votantes antes de la elección. Esto, que es siempre malo, en tiempos de
crisis es aun peor.
Ya sabemos que uno de los factores que agrava las crisis económicas
es que los mercados financieros se mueven a la velocidad de Internet,
mientras que los gobiernos lo hacen a la velocidad de la democracia. A
esta brecha en la velocidad de la toma de decisiones hay que añadir la
pérdida de calidad que sufren las decisiones durante periodos
electorales en todos los ámbitos, no solo en el económico. Este problema
no se resuelve teniendo menos elecciones. Solo se alivia con más y
mejor democracia.