Luis A. Pacheco: Cuento de Navidad, 2011
por Luis A. Pacheco el 19/12/2011 a las 04:10 horas
¿Es que acaso había valido la pena el
fratricidio inducido por el ahora moribundo proceso? Los años habían
borrado la sin razón y solo había quedado Campo Rojo venido a menos la
noche de Nochebuena. El rencor le había ganado al afecto.
"Sin rencor ahora te digo, que lo nuestro ha
terminado, que este bello amor sagrado para mi, no
tendrá olvido, estoy donde solamente, tu y yo
somos los testigos, cuando tu cuerpo y el mío, en
su piel tierno amorío, se unieron ardientemente."
Sin Rencor. Abdénago "Neguito" Borjas
El silencio
estruendoso que hace una casa cuando todo deja de funcionar, le anunció
a Betulio que la electricidad se había ido otra vez. Ya se había
empezado a acostumbrar a las ya no tan inesperadas carencias, pero
francamente, que se fuera la luz la noche de Nochebuena no era el mejor
de los augurios. Betulio maldecía entre dientes, se imaginaba que la
hallacas, que con tanta dificultad había conseguido intercambiando
favores en el pueblo de Lagunillas, corrían el riesgo de pudrirse en la
ahora inerme nevera.
Trató de pensar en positivo, después de todo Campo Rojo era un
campo petrolero, y aunque lejos habían quedado los tiempos cuando la
compañía se ocupaba de todo, desde el mantenimiento de las alcantarillas
hasta cambiar los bombillos de las casas, todavía confiaba en que su
amigo Jonás, de la superintendencia de mantenimiento, se estuviera
ocupando de restablecer la electricidad. Vaya que Noche.
Betulio salió al porche de la casa que hace ya décadas habían
construido los holandeses, se sentó en la vieja mecedora que había sido
de su padre y miró al cielo estrellado que lo acompañaba desde su niñez.
Estaba solo, Miriam y los niños habían ido a visitar a su hermana en
Campo Florida; resignado se balancea en el desgastado mimbre, esperando,
remembrando. La noche se ha silenciado, solo se oye el murmullo de
voces en las casas vecinas y el lejano ronronear de los carros en la
intercomunal. Al final de la calle de asfalto rasguñado se levanta el
viejo balancín que alguna vez bebió de las entrañas de la tierra, pero
que ahora despojado de vida y maniatado de luces multicolores
languidece.
A kilómetros de distancia, Heriberto se prepara para la
Nochebuena. La nieve ha cubierto el jardín de la casa, a pesar del
tiempo transcurrido la nieve le sigue maravillando, y no puede evitar
recordar el viejo chiste del maracucho que ve entre los árboles nevados a
su primer venadito. Para él los recuerdos de las navidades en Campo
Rojo se le antojan ahora como postales amarillentas, un pasado lejano y
nebuloso; ha dejado ya de contar los años desde la última celebración de
lanavidad en el campo. Distraído le echa un leño más al fuego que
calienta la sala de la casa, a pesar de los años en estas latitudes no
se acostumbra al clima; "más frío que culo de foca", hubieran dicho en
el campo.
Otra Navidad fuera de casa. No, esa no era la mejor manera de
pensar. Esta era ahora su casa. Él y Erlinda eran los afortunados, el
destino les había abierto nuevos senderos, era Navidad en esta su casa
lejos de casa. En la sala el Ipod toca la banda sonora de las navidades
de su niñez en el campo, gaitas de Cardenales y El Saladillo,
"unplugged" como dirían sus hijas. Pronto la casa se llenará de amigos y
ahogaran en risas y canciones la nostalgia que todos sienten pero que
ninguno admite.
Betulio suspiró aliviado, la electricidad había vuelto a Campo
Rojo, y con ello se había salvado la cena de Nochebuena, por ahora. El
campo se había vuelto a iluminar, y en las calles se volvía a escuchar
la música y las risas que escapaban por las puertas de las casas,
todavía abiertas buscando mitigar el húmedo calor de la noche. El aire
acondicionado está racionado por considerarse un lujo innecesario.
En las cornetas del viejo CD-player vuelve a sonar una gaita de
esas que llaman modernas, llena de sonidos electrónicos que disfrazan
el ancestral ritmo del furro. Betulio, sin razón aparente, piensa en
Heriberto, su amigo de la infancia, su compañero de desde la escuela,
la vida los había separado. ¿Es que acaso había valido la pena el
fratricidio inducido por el ahora moribundo proceso? Los años habían
borrado la sin razón y solo había quedado Campo Rojo venido a menos la
noche de Nochebuena. El rencor le había ganado al afecto.
Heriberto, a pesar del frío, sale a ver la noche, de repente se
siente atrapado entre sus recuerdos, uno de los grilletes del
inmigrante. Camina alrededor de la casa, patea la nieve, que se levanta
como una nube que refleja la luz de los faroles. En ese momento, y sin
razón aparente, Heriberto no puede evitar pensar, aunque solo sea por
unos instantes, en Betulio, su amigo de siempre. La vida los había
separado, el afecto no había podido contra el rencor.
Erlinda le grita a Heriberto: "que hacéis allá afuera, metéte a la
casa que te vais a congelar las orejas". Le parece ver una sombra entre
los árboles. No, es solo su imaginación. Encogiéndose de hombros se
dirige a la casa donde construye nuevas memorias. Mientras camina
alcanza a decir, sin saber a quién ni porqué: ¡Feliz Navidad Hermano!.
Betulio se levanta de la mecedora para llamar por teléfono a
Miriam, ¡coño! ¿dónde se habrá metido? No quiero estar solo en esta
noche de fantasmas. Le parece oír una voz conocida que lo llama, se
sobresalta, busca la cara en la calle pero no ve a nadie. Encogiéndose
de hombros camina hacia la puerta de la vieja casa de mil memorias y
deja que estas lo envuelvan, murmura entre dientes ¡Feliz Navidad
Hermano!
Nota: Le dedico estas líneas a todos aquellos que en
Venezuela y fuera de ella creen y trabajan para un futuro mejor; un
futuro donde nuestros hijos tengan la oportunidad de vivir libres de la
herencia de nuestros rencores y errores. Al menos esa es hoy mi renovada
esperanza para mis hijas. ¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!